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Crímenes contra etnoeducadores

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Los callaron

Capítulo 2:

Los grandes hitos del Conflicto Armado colombiano suelen ubicarse en cabeceras urbanas y centros de poder. Sin embargo, su trama se desarrolló sostenidamente en los contextos rurales. En Córdoba, eso significó la apropiación armada de territorios campesinos y étnicos, éstos últimos en un nivel de desprotección superior debido al racismo institucional y la ignorancia de sus identidades diferenciales por parte de la sociedad mayoritaria. Es por eso que los docentes de contextos étnicos cumplieron un rol protagónico en la preservación cultural de los grupos indígenas y afrodescendientes de Córdoba. Los etnoeducadores dieron a las comunidades el poder para defenderse y luchar por sus derechos, incluso en los años de mayor exacerbación de la violencia.

Crímenes contra etnoeducadores

Cuando la Asociación Indígena, cuando se dan las primeras agrupaciones o asociaciones de los indígenas para empezar a recuperar sus tierras, lógicamente los docentes jugaron un papel muy importante en ese proceso porque… a pesar de que, para la década de los 70 de los 80, la gente no eran docentes allá profesionalizados o no eran, no tenían maestrías ni doctorado, porque para esa época la educación estaba bastante difícil en el resguardo, los docentes jugaron un papel importante en asociar a los a los indígenas, en agremiarlos y venderles la idea, lógicamente, la idea de que las tierras eran de los indígenas cuando los españoles llegaron acá, cuando los invasores y, por lo tanto, eso debía ser de los indígenas y recuperar sus tierras. Ese proceso permitió de que se generalizara y se vendiera la idea general y empezó el proceso de recuperación de tierras.

Eider Estrada es indígena zenú, docente y coordinador de la Institución Educativa Técnica Álvaro Ulcué Chocué ubicada en el municipio de Tuchín, al norte del departamento de Córdoba.

El hecho de que Tuchín y sus vecinos, Chimá y San Andrés de Sotavento, sean hoy generalmente reconocidos como territorios zenú es precisamente el resultado del proceso de recuperación de tierras que Eider narraba.

Una lucha que avanzó, a sangre y fuego, desde los años 70 y que aún no termina.

El resguardo son unas 83 mil hectáreas, se presume que hay recuperadas entre 15.000 y 20.000 hectáreas, pero de manera fragmentada. Hoy, todavía, la gran mayoría de tierras sigue en manos de los terratenientes.

El también indígena zenú, Álvaro Madera Paternina, maestro con 42 años de trabajo por la educación de su pueblo, ha dedicado buena parte de su vida a documentar las prácticas culturales propias de los zenúes, así como la historia de constitución del resguardo. En su libro, “San Andrés de Sotavento: un pueblo zenú”, Álvaro construyó una línea de tiempo desde 1974 hasta 1997 en la que cuenta el asesinato de 32 indígenas activistas. Algunos de ellos eran docentes.

De lo que no hay un indicador es de cuántos fueron amenazados.

Esa lista sale como en el 94, por ahí, sale la lista de los profesores de San Andrés (de Sotavento), del resguardo, que iban a matar. Sale, no, sale en el radioperiódico de La Voz de Montería. Nosotros fuimos a (Santa Fé de) Ralito, porque la cosa estaba en caliente, fuimos al sindicato: ‘y veamos ¿qué pasa? que…’ inclusive nos tocó pelear con el sindicato porque los veíamos como muy callados, no nos daban la palabra: ‘bueno, si no nos dan la palabra nos la tomamos para ver qué es lo que pasa con ustedes’, bueno y comenzamos a discutir ciertas cositas que nos dolían de los amigos que mataban y veíamos al sindicato como muy… Ademacor siempre ha sido combativo, no sé qué pasaba o nosotros los veíamos como muy quedados en ese sentido”.

El profesor Álvaro se refiere a una lista de profesores amenazados que circuló en tierras zenúes en 1994. Narra la desesperada búsqueda que emprendieron los docentes para conocer la procedencia de su sentencia de muerte, una búsqueda que le llevó incluso a Santa Fé de Ralito, en Tierralta, donde los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia tenían su cuartel. Describe también la falta de apoyo que sintieron entonces de parte de la Asociación de Maestros de Córdoba, el sindicato del magisterio con sede en Montería, Ademacor.

No narra, sin embargo, que hayan pedido protección al Estado, y es que eso es una conquista bastante reciente.

Ser profesor en esa época era tener un rótulo, porque se miraba como aquella persona que podía pensar, que podía transmitir, que podía despertar en los demás una idea totalmente diferente. Eso te convertía en vulnerable y, también, que tú no tenías ningún tipo de garantía por parte del Estado, o sea, tú no podías ir a la policía: ‘vea, me protege’, vaya la Unidad de Protección de riesgo, como lo hay ahora, que te coloca un escolta, que te coloca de pronto, eh? un carro blindado, pero en ese entonces tú no tenías absolutamente nada y, prácticamente, para no dejar asesinar tu familia, te tenías que dejar asesinar.

Si bien la Comisión de la Verdad colombiana, en sus hallazgos y recomendaciones, describió el periodo entre 1996 y 2008 como “la degradación de la guerra” (cuando se produjeron el 75 % de las víctimas del conflicto armado en todo el país), en las comunidades étnicas esta degradación se profundizó de la mano de sus procesos locales de reconocimiento y ejercicio de derechos.

El hito que concentró este auge en la primera década de los años 90 fue la promulgación de la Constitución Política de 1991.

En la década de los 70s de los 80s, en el Estado Nacional vivíamos con una Constitución de 1886, una Constitución que para nada era democrática ni participativa y el Estado excluía a las minorías étnicas y no le daba ningún tipo de participación. Esa exclusión tenía mucho que ver con que los derechos de los pueblos indígenas no se tuvieran en cuenta, ni en educación, ni en salud y mucho menos en la parte agraria, en muchos aspectos los indígenas eran invisibilizados por el Estado. Tanto así que después de la Constitución del 91 se logran conseguir muchas cosas: el artículo séptimo de la Constitución habla de que Colombia es un país multiétnico y pluricultural y es uno de los grandes avances en el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas en el reconocimiento de la existencia de muchos pueblos y minorías étnicas, no solamente de tipo indígena sino afro y Rom ¿no?

Si bien los zenúes habían sido ejemplo en la lucha por la tierra, su parte cultural y tradicional fue duramente golpeada por procesos de aculturación occidental y violencia. Tanto así que perdieron su lengua vernácula y, a pesar de que el sombrero vueltiao es un símbolo de colombianidad en todo el país y en el extranjero, pocas personas reconocen su origen indígena zenú.

La protección que la Constitución y las normas que le siguieron querían brindar a los pueblos étnicos, sin duda llegó tarde.

Sin embargo, solo fue promulgarla para que indígenas y afrodescendientes se pusieran a estudiar las leyes y a exigir su cumplimento para preservar lo que aún tenían, que no era poco.

En este punto los docentes, de nuevo, jugaron un rol clave.

Cuando sale la constitución del 91, nos la leímos toda, viendo qué era lo que traía. Y nos salen unos 32, 33 artículos que tienen que ver con etnias, todos. Entonces los fuimos clasificando, los fuimos como expulgando. Toda la Constitución nos la leímos y nos dimos cuenta que al final estaba el Transitorio 55 y el Transitorio 55 lo que dice es que los pueblos como Uré, las comunidades como Uré, afrodescendientes, tienen derecho una ley ¿verdad? que los considere sujetos de derechos. Y entonces sale la Ley 70 del 93, antes que la 115 del 94. Entonces, bueno, cuando sale la Ley 70, bueno, eso fue fiesta aquí en Uré, porque nosotros ya estábamos necesitando eso, nos estábamos leyendo la Constitución y poniéndola enseguida dentro de… ‘vea, esto existe en Colombia, esta es la nueva ley, es la mamá de todas las leyes’, entonces así, empezamos las reuniones con padres de familia: ‘conozca su Constitución, conozca su Constitución, mire en el artículo 7 dice esto, en el 8 dice esto, en el 13 dice esto, así, el 69 dice esto: los integrantes de grupos étnicos tienen derecho a una educación que respete el desarrollo de su identidad cultural’ ¡ta! apenas acabamos sacábamos ese pedacito y lo poníamos en grande, en carteleras, y jugamos con esa Constitución, así esa era la clase social.

Ella es María Yhovadis Londoño y lleva 35 años de ejercicio docente en San José de Uré, un municipio ubicado al suroriente de Córdoba, a los pies de las montañas del Nudo del Paramillo y conectado por tierra y agua a la región del Bajo Cauca antioqueño. En la época de la Constitución, ella ya estaba haciendo preguntas difíciles desde su rol de maestra.

Yo comencé en el 91 para la zona rural, 91, ya eso estaba plagado por aquí. Y entonces… tuve varios inconvenientes dentro del aula de clase, porque ellos reclutaban los niños y uno sabía, porque ellos le contaban a uno…y entonces, una vez un niño que me dijo. Ya lo veía con esos juegos, sacaba como, como haciéndose como que andaba armado …y así, y ya uno presentía lo peor: ‘Y este pelado ya lo están endulzando’ y verdad, tenían procesos de entrenamiento para ellos y todo. Y uno haciendo fuerza desde el aula ¿yo qué hago? ¿Entonces? ¿Cómo lo detengo? ¿cómo trabajo con este proceso que tú sabes que viene para encima de ese niño, que lo están es madurando dentro de una filosofía y unas cosas para llevárselo?

Dije yo: ‘bueno, este es el momento señor, voy a cambiar esta escuela, o sea, voy a medírmele a esto, yo no sé cómo es, pero tú me vas a ayudar’. Y le metimos a eso ¿cómo se hace esa escuela que dice la Constitución?, ¿cómo se haría esa escuela, cómo sería? Empezamos a preguntarle a la gente y sí, efectivamente, la gente no quería esa educación que nosotros teníamos y uno les preguntaba que por qué y, por primera vez, tuvimos que hacer silencio, verdad. Y todo esto acosado por la guerra, porque ellos decían: ’¿y por qué los niños de nosotros no pueden defenderse?, ¿entonces la escuela no le da herramientas a un niño para que se defienda, para que siquiera aprenda a decir que no puede irse para un lugar de estos?, entonces no estamos haciendo nada’. Nos decían ellos, imagínate.

La ubicación de Uré, alejado de las cabeceras urbanas y atravesado por ríos, fue clave para que se convirtiera en un puerto libre para los africanos esclavizados que huían de las minas y haciendas coloniales de Zaragoza, Cáceres, Remedios y Buriticá desde 1598. Irónicamente, esa misma posición geográfica llamó la atención de los combatientes durante el conflicto armado.

En 1991, año de la nueva Constitución y del relato de María Yhovadis, ocurrió la toma de San José de Uré de parte de la entonces guerrilla de las Farc-EP. En ese momento, la escuela se convirtió en el refugio de toda la población.

En épocas posteriores, el municipio fue disputado por todos los grupos en contienda como corredor estratégico para el tráfico de armas y de drogas ilícitas. Los armados siempre trataron de involucrar a los jóvenes uresanos en la guerra y la forma en la que Uré se defendió fue reformando la educación.

Es una dinámica colectiva, de construcción colectiva, todos aportamos saberes, ¿verdad? y si el docente del Estado es el que porta un saber hegemónico, un saber desde la ciencia, el mayor aporta un saber desde la ancestralidad, y es igualmente valioso. Entonces eso es lo que trata de hacer nuestra guía etnoeducativa, mostrar esos dos saberes en igualdad de condiciones, porque ¿qué hace la clase normal? Borra esto y lo desaparece y solo se muestra esta comida, como usted quiera mostrarla, y no, no debe ser así, porque seguimos siendo hijos y no hijos de Colombia ¿cierto? O un hijo como adoptivo, un hijo alquilado, de Colombia, y no: somos es dueños de este país y ningún dueño va a permitir que en su casa le hagan daño, pero hay que formarlo para eso, para que sea dueño. Nosotros aprendimos eso, que el niño tiene que saber mucho de él mismo, para poder dar fe de lo demás. Eso lo aprendimos en esa dinámica, en plena guerra, en plena violencia, en plenas tomas guerrilleras aquí en Uré, en todo unos hechos duros que nos costaban lágrimas, pero seguíamos.

María Yhovadis se formó en la Universidad de Córdoba y ayudó a construir, en medio del conflicto armado, no solo la escuela, sino también las asociaciones afrodescendientes reconocidas por el Ministerio del Interior, el currículo etnoeducativo del municipio y, más recientemente, el Museo Etnopedagógico Comunitario del Alto San Jorge o Museo de Uré. Su contribución es heróica aunque, según ella, estaba simplemente siguiendo los pasos de la maestra de su infancia, la niña Juana, quien le enseñó fundamentalmente a compartir con justicia el saber. Sin embargo, los profes del palenque de Uré, igual que los Zenúes, no se salvaron de la persecución armada.

La vez cuando Jesús María nosotros lo sabíamos, ¿verdad? que podía pasar algo con él, porque en ese entonces hubo muchas persecuciones, de hecho, familiares de nosotros fueron perseguidos, docentes.

Y entonces, lo que decimos ¿no? la oración y el cuidado: ‘usted va para dónde?’, ‘no, yo voy para tal lado’, ‘no vaya, quédese acá’, efectivamente… eso, eso muchas veces evitó otras salidas, ¿verdad? Cuando de noche: ‘¿a dónde está fulano?’, ‘¿está en tal lado?’, ‘¡Vámonos para allá y nos lo llevamos!, cambiámos de sitio muchas veces dentro del mismo pueblo, ¿no? por mucho tiempo con él estuvimos mudándonos aquí mismo en Uré y un día duerme en tu casa, otro día amanece allá, otro día amanece acá. Nosotros lo sabíamos nosotros y para dónde lo mudábamos, pero entonces sirvió eso también por mucho tiempo…

De nuevo, docentes sin protección del Estado. Jesús María Mora Moreno fue asesinado en 1995, a sus 35 años, dentro de un bus intermunicipal, mientras intentaba retornar a Uré. Es recordado por oponerse públicamente al abuso de autoridad de los armados.

Entre Ríos Museo recogió información de 139 asesinatos y desapariciones contra profesores en Córdoba, desde 1985 hasta 2019. 13 de ellos tenían una clara pertenencia étnica.

Del palenque de Uré, al caso de Jesús María se suma el de José Nevardo Vivanco Sotelo, quien fue víctima de un atentado explosivo en el municipio de San Francisco, Antioquia, donde ejercía como docente de física y matemáticas.

También se documentaron los crímenes 4 docentes integrantes del resguardo zenú: Gerardo Moreno Flórez, sociólogo e ideólogo de la constitución del resguardo y quien aspiraba al Senado de la República por el partido de la ONIC; Eusebio José Velásquez Montaño, recordado por oponerse a la educación bancaria que no enseñaba a los estudiantes pensamiento crítico; Ramiro Manuel Sandoval Mercado, fiero opositor a la injerencia de las Autodefensas en la autonomía del resguardo; y Rigoberto José Polo Contreras, docente de educación infantil en Cerro Vidales.

Estas pérdidas están presentes en la memoria del palenque de Uré y el resguardo zenú, respectivamente. Sin embargo, ambos pueblos lograron construir un currículo de etnoeducación a la medida y han formado a generaciones de estudiantes que valoran sus identidades étnicas y salen a formarse a las universidades del Magdalena, Sucre, Córdoba y Antioquia.

Hay un tercer pueblo indígena de la región que, por el contrario, apenas ahora está empezando el arduo camino de la profesionalización de sus docentes y la construcción de su proceso etnoeducativo: los emberá katíos del Nudo del Paramillo.

Como, pues, es común dentro de las comunidades las poblaciones dispersas, entonces a esos niños que están dispersos, pues se les lleva, el docente saca un tiempo para irles como dejar actividades a sus a sus casas. Entonces hasta el momento, pues desde mi perspectiva considero que todavía no es la más óptima, porque pues no se le da al niño la atención, la atención adecuada por temas de ubicación, recursos, materiales pues educativos y eso, pero en lo posible se hace el esfuerzo y los docentes que están allá en buena parte son jóvenes también, de entre 18 a 28 que están allá.

Su nombre capunía es José Domicó Domicó, pero realmente se llama Jaiduabibi, que traduce ‘Espíritu de grandes espíritus’, en lengua embera. Jaiduabibi tiene 27 años y cursa último semestre de licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad de Córdoba. Él será el segundo en profesionalizarse como licenciado de la comunidad embera katío del Nudo del Paramillo. El primer caso fue el de Iván Domicó, primer indígena emberá en la universidad del departamento.

Antes, antes, muchísimo antes, prácticamente la educación era la nuestra. El hecho de que los padres le enseñaban a uno el tema de por ejemplo, de la producción alimentaria, de la construcción, de la vivienda, de la pintura, la importancia de la pintura, el manejo de herramientas de trabajo, temas de cacería, la pesca, la recolección y eso. Entonces, aparte de eso, pues los saberes propios de nuestro pueblo, ¿no? los relatos, en lo posible pues también el reconocimiento de dónde estamos, los ríos, las comunidades y el reconocimiento de plantas, las que son medicinales, las que utiliza el médico tradicional y así sucesivamente.

Los emberá katíos fueron los primeros pobladores del Nudo del Paramillo, una montañosa selva húmeda tropical que da a luz algunos de los ríos más importantes de la región. Los katíos se ubicaron en la zona más alta, en torno a los brazos de los ríos, distantes unos de otros.

Cada grupo de familias en torno de un ramal de río se identifica como comunidad con su río de pertenencia, usualmente cohesionados por un Jaibaná. Jaiduabibi pertenece a la comunidad del río Esmeralda.

Su relato describe la enseñanza al interior del resguardo en tiempos de aislamiento, pero un informe de la Comisión de la Verdad documenta que los emberá también fueron maestros de los campesinos desplazados por la guerra que llegaron a poblar la zona cercana a los ríos Verde y Sinú tras la violencia bipartidista de mitad de siglo.

El informe dice que “varios campesinos que colonizaron la región de la vereda de Saiza aprendieron el dialecto Embera, participaron de fiestas, ceremonias de sanación de enfermos ejercidas por el Jaibaná, e incluso varios de los primeros colonos llegaron a usar ‘guayuco’, prenda típica de uso indígena, igualmente el aprendizaje de diferentes técnicas como la construcción de viviendas tipo tambo, o el consumo de arroz. Todo ello se dio gracias a esta relación entre indígenas y campesinos”.

Jaiduabibi narra cuándo esta situación empezó a complicarse y los emberá katío se vieron forzados a salir del resguardo a aprender.

Empezando por la lengua, por la comunicación, el idioma ¿no? el tratar de entenderles, porque lo que trajo el personal del conflicto también fue eso. Ya era una necesidad el hecho de: primero, de entender el idioma; segundo, automáticamente, pues el idioma nos lleva a empezar con la escritura. Entonces, el tema del conflicto indujo a eso también, el hecho de cómo entender… por la radio también, que en ese momento ya existía, ya entender eso, y ya con el tema de Urrá de por medio, también empezamos como pues los primeros docentes con los que ya tenían, digamos, esos viajes a municipios especialmente por allá por Saiza, que se metían por Carepa, entonces habían personas que iban por allá y habían unos pocos que habían estudiado en colegios y eso. Entonces eso, ese poco aprendizaje lo llevaban a las comunidades, entonces ya viendo la comunidad que había unos muchachos o personas de la comunidad que entendían y escribían, entonces los cogían como docentes.

A diferencia de los uresanos y los zenúes, los emberá katíos no supieron de la nueva Constitución del 91 sino hasta mucho después. Por más que ésta promulgara derechos étnicos, estaba en español, una lengua que los Katíos todavía no entendían. Su estilo de vida autosostenible les había permitido permanecer aislados de la sociedad mayoritaria a excepción de quienes se aventuraran a la parte más montañosa de la selva: primero, campesinos desplazados; después, hombres armados.

Pero lo que empujó a las autoridades indígenas a conocer de la sociedad mayoritaria, el idioma y las leyes fue la construcción de la represa de Urrá sobre las tierras que habitaban.

“Ya cuando entra Urrá es donde hay como un boom de que más que todo es por temas de protección, ¿no?, de que ya las futuras generaciones tendrían que saber leer y escribir. Entonces ya se empezó a hablar de eso, aunque no había, digamos, un proceso fuerte como ahora, relativamente fuerte a comparación de esos años con los de ahora ¿no?, pero ya se estaba haciendo la incidencia en esos términos”.

A pesar de que los emberá no tenían personas específicas con el rol de docentes, porque siempre habían aprendido en casa de sus padres y madres, estos nuevos portadores de conocimiento sobre la sociedad mayoritaria se convirtieron en maestros orgánicamente, por la acción de enseñar el idioma y las leyes en las comunidades. Estos maestros se parecen a los docentes zenúes en que eran líderes activistas del legítimo derecho al territorio de los indígenas y esa fue también la razón por la que se convirtieron en blanco de amenazas y persecución.

Prácticamente desde el tema del conflicto eran blanco, porque entonces ellos los empezaron a tildar, de que eran los que estaban incitando a la comunidad a rebelarse. Ahí ya, partiendo desde ahí, a ellos los veían como aquellas personas que construirían los procesos. Por ejemplo, el tema de extracción por tema de defender pues el territorio ¿no? entonces, que les darían herramientas para que otros ya de manera conjunta pudieran hacer frente a todo ese tema, ¿no?. Y pues tenemos un ejemplo muy claro, sobre eso, el tema de Urrá. Las personas que fueron víctimas de ahí de los que se opusieron a Urrá y lastimosamente que fueron desaparecidos, asesinados, no solamente docentes líderes de acá de la comunidad, sino también profesores de universidades de personalidades educativas que se opusieron ese proceso. Entonces ¿por qué?, porque pues a ellos los tildaban de que eran los incitadores a rebelarse, ¿no?, a oponerse a ese proceso, entonces terminaban con sus vidas prácticamente entonces los docentes que teníamos poco a poco, pues ya los fueron también encasillando en ese digamos en ese perfil.

En 1992 se creó la empresa multipropósito Urrá SA, para construir una hidroeléctrica en el Alto Sinú, donde está asentado el pueblo indígena Emberá Katío. En 1994 los indígenas se despidieron simbólicamente y en señal de protesta de su gran río Sinú, en un recorrido que denominaron Do Wabura. En 1997, inició la construcción de la hidroeléctrica y la inundación de las tierras emberá. En el año 2000, Urrá entró en operación: los katíos viajaron a Bogotá y protestaron tomándose las instalaciones del Ministerio de Ambiente.

El grupo de manifestantes retornó al Paramillo con la promesa del gobierno nacional de financiar proyectos de desarrollo pecuario para mitigar el impacto de la pérdida del bocachico. Más adelante, ese mismo año, paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia ejecutaron en el poblado Widó a tres indígenas del Cabildo Mayor Embera Katío y desaparecieron a 22 indígenas más, entre ellos cuatro educadores. La comitiva indígena transportaba insumos para la ejecución de los proyectos de desarrollo pecuario que se llevaban a cabo en las comunidades de los ríos Verde y Sinú.

Los armados no salieron del territorio en los tiempos de la construcción de la represa y, en los primeros años de su operación, se tornaron muchísimo más violentos.

En 2001, las autodefensas desaparecieron al líder Kimy Pernía, principal opositor del proyecto, vocero de la comunidad y líder de la consulta previa. Y así, llegamos al 2002.

Entonces ahí, entonces estaban los dos grupos, AUC y las guerrillas, entonces decían: este decía que este era informante de este y este decía que este era informante, entonces por ambos bandos empezaron como a perfilar muchas personas y sobre todo líderes, ¿no? Entonces muchos de los que tuvieron suerte, pues escaparon, pero una buena parte también fueron blancos allá dentro del territorio. Entonces lo que nos llevó justamente a reunirnos, porque imagínense cuántos años no venimos como aguantando ahí, internamente en el territorio, desplazándonos, hubieron testimonios también de niños que duraron ocho días solos en las montañas, en nuestro caso desplazarnos fuera de los senderos, ¿sí? y en últimas ya, pues no se soportó más la situación y justamente el rol docente era como ‘ombe, ya, tenemos que buscar la manera de que esta situación sea contada, sea vista’. Ahí fue donde nos tocó bajarnos de allá arriba hasta acá al parque. De ahí, dispersarnos en pequeños grupos en los barrios, por ejemplo, un barrio de ese entonces que ahora pues es un barrio muy conocido, que es el barrio La Esmeralda, que queda por allí cerca, que es donde una buena parte de la población vino y se asentó.

Lo que cuenta Jaiduabibi es el desplazamiento masivo de la comunidad del río Esmeralda hasta el casco urbano del municipio de Tierralta, la cabecera municipal más cercana al resguardo del Alto Sinú. Es un hito doloroso, de desarraigo de los emberá de sus tierras, hartos del acoso de los armados. Este desarraigo salvó a muchas personas de la muerte en aislamiento, pero implicó un proceso de asimilación cultural de los embera en la sociedad mayoritaria que no estuvo exento de discriminación, ignorancia e incomprensión.

Sin embargo, este no es el final de la historia. Jaiduabibi es parte de una generación que creció en lo urbano pero reivindica su origen étnico, él hace parte de los que reconstruyen los puentes comunitarios que Urrá y la violencia dinamitaron.

Actualmente, pues se está buscando como de que la enseñanza también sea de lo propio, porque justamente toda esa dinámica el conflicto de Urrá y demás, nos llevó lo que comentaba ahorita, a desentendernos de las prácticas culturales, ancestrales. Y los jóvenes actuales, si los padres en un inicio pues se enfocaron más al tema de Urrá, de la indemnización y el conflicto interno dentro de las organizaciones por poder ¿verdad? las, digamos, las fragmentaciones de los núcleos familiares, por todo ese tema también, del dinero, llevó a que los jóvenes obviamente no tuvieran un espacio donde aprender lo propio, porque hay jóvenes que se han criado aquí.

Yo tengo un colectivo juvenil, ¿no? de unos 20 a 30 muchachos que están ahí y es una iniciativa que nació de mí, o sea de hacer injerencia de, como viví ese proceso, ¿cuántos otros jóvenes no estarán también sintiendo, pensando, también o pasando la misma situación?

Yo llegué un punto en que yo quería como, osea, como no escuchar más de contiendas entre líderes por temas de poder, de estos problemas en las comunidades, pero entonces como que yo quise un espacio donde se me enseñara lo propio: aquellas cosas, aquellas historias, aquellos relatos, como esa nostalgia de cuando nos reunían a los niños los abuelos, un mayor, nos contaban historias en las noches, ¿no? relatos, que era una forma de educación propia que teníamos nosotros, que ahí es donde se nos enseñaban principios ¿ya? de querer eso y que se estuviera muriendo, porque prácticamente no se estaba practicando eso no sé, no había un espacio como ese que era un espacio muy bonito y muy formador para nosotros.

Entonces viendo esa necesidad de por ejemplo, las danzas, la musicalidad, la pintura, yo era muy curioso ‘¿que significa cada cosa? y lo que significa, lo que representa, eh, ¿a profundidad qué quiere decir en la historia que tenemos nosotros como pueblo?’ Entonces, ya cuando está la Universidad, por cosas de la vida me integro al grupo de danza de la universidad que por ahí también fuimos a Barranquilla y a Palmira, Valle del Cauca, con el grupo, con la danza como investigación desde el Área Cultural de la Universidad. Ahí es donde, pues, uff me sentí muy identificado con lo que puedo hacer ahora: que estoy en este espacio artístico y el acompañamiento académico que voy teniendo. Entonces me dio mucha, mucha nostalgia, y que hubiéramos ganado, que hubiéramos ganado con eso ¿no? con lo propio… o sea, como decir ¿quién conocía esto acá? y la idea era visibilizar eso desde esa parte, visibilizar ese proceso que tenemos nosotros acá. Lo que tenemos aquí pero que no lo conoce nadie y la lucha que tenemos acá desde eso. Entonces yo desde ahí me sentí muy conectado desde lo académico y seguir luchando y seguir haciendo procesos acá ¿no? desde lo propio y si yo puedo darle un espacio o puedo crear un espacio para los muchachos que lo necesitan, de verdad que lo necesitan, porque ellos se sienten abrumados por toda esta problemática que hemos venido enfrentando, pero que necesitan un espacio reivindicador. Ya de ahí creció, pues surgió mi idea de hacer un colectivo de empezar como a transmitirles lo poquito que sabía y que yo sentía que iba a ser enriquecedor para ellos y actualmente, pues ya tenemos un grupo de danza, estamos por conformar también grupo musical y bueno.

Muchos veían que yo tenía un talento ¿no? de aprender y entonces siempre me decían eso, que en lo posible yo aprendiera todo lo que pudiera y lo compartiera con otros para que yo no estuviera solo en el camino.

Los emberá katío quizás no han avanzado tanto con la profesionalización como el pueblo uresano y el zenú, pero las dificultades de su camino los están convirtiendo, tal como sus ancestros hicieron con los campesinos de Saiza, en maestros para toda la sociedad mayoritaria.

Su persistencia y deseo de formarse en la universidad pública para un bien común y no individual, el sueño de llegar a espacios artísticos regionales y nacionales y ser reconocidos con prácticas propias, están abriendo la posibilidad para que las instituciones y la sociedad civil que invisibilizaron y desprotegieron a los afrodescendientes de Uré y a los zenúes de Sotavento, reparen ese error.

Este es el verdadero legado de los etnoeducadores amenazados, desaparecidos y asesinados en medio del conflicto en el departamento de Córdoba: haber convertido la educación en el tronco de la identidad y la vida de los pueblos rurales, en el árbol de jenené.

“La educación para nosotros significa demasiado, significa como el árbol jenené. El árbol jenené es el árbol de la vida para nosotros. Haciendo un poco de contexto, es el árbol en aquella época pues del mito de la creación del agua karagabí, que es donde se resguardó el agua y desde ahí surgieron, cuando se derrumbó, surgieron los ríos los mares, las fuentes de agua, que es prácticamente el agua como lo vital para el ser humano y para nosotros el pueblo emberá lo que significa el agua ¿no?, y ahora acá, la educación es eso también. Es como a lo que queremos también llegar y lo que queremos proteger también, lo que queremos… O sea, la educación es la esperanza que tenemos ahora, es lo que anhelamos ahora porque consideramos que es el único camino por el cual podemos defender a los nuestros”.

Este episodio, “Crímenes contra etnoeducadores” es una memoria sonora de la serie “Los callaron” que hace parte de la segunda exposición de Entre Ríos Museo, “Palabra silenciada”. Coinvestigadores Sara Castillejo y Álex Galván. Edición, Ginna Morelo. Musicalización y producción, José Díaz.